lunes, 20 de julio de 2026

Coplas por la muerte de su padre/ Jorge Manrique.

📖 Introducción a las Coplas por la muerte de su padre

Las Coplas por la muerte de su padre son una elegía compuesta por Jorge Manrique tras la muerte de su padre, don Rodrigo Manrique, maestre de la Orden de Santiago. Escritas en el siglo XV, representan una obra clave en la transición entre la Edad Media y el Renacimiento, pues combinan la visión cristiana de la vida con un incipiente humanismo.


🌿 Contexto histórico

  • Jorge Manrique (1440–1479) fue un noble castellano y poeta que murió joven en combate.

  • Su padre, Rodrigo Manrique, falleció en 1476, y el poema se convierte en un homenaje a su figura.

  • La obra refleja la mentalidad de una época marcada por guerras civiles, crisis de la nobleza y la omnipresencia de la muerte

✨ Temas principales

  • Fugacidad de la vida (tempus fugit): la existencia humana es breve y transitoria.

  • La muerte igualadora: todos, sin importar poder o riqueza, enfrentan el mismo destino.

  • El ubí sunt: preguntas retóricas sobre dónde están los grandes personajes y placeres del pasado.

  • La fama y la virtud: como consuelo frente a la muerte, lo que permanece son las obras y el honor

🎶 Estilo y estructura

  • Escritas en 40 estrofas de pie quebrado (coplas manriqueñas), alternando versos octosílabos y tetrasílabos.

  • El ritmo quebrado refuerza el tono fúnebre y solemne.

  • Se dividen en tres partes:

    1. Reflexión sobre la vida y la muerte.

    2. Evocación de personajes históricos y la vanidad del poder.

    3. Elogio y despedida de Rodrigo Manrique.

🌟 Relevancia

Las Coplas son consideradas una obra universal, porque trascienden su contexto histórico y siguen transmitiendo un mensaje vigente: la vida es breve, la muerte inevitable, y solo las acciones nobles nos otorgan permanencia.

Las coplas por la muerte de su padre, son una obra maestra de la poesía medieval española,  Estas coplas, son una elegía que reflexiona sobre la fugacidad de la vida y la igualdad ante la muerte.

Coplas por la muerte de su padre presenta el contexto histórico, el sentido filosófico y la relevancia literaria de la obra. Es un poema escrito hacia 1476 por Jorge Manrique, considerado una de las cumbres de la poesía española medieval.


 COPLAS DE DON JORGE MANRIQUE POR LA MUERTE DE SU PADRE

 I 

 Recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.

  II 

 Pues si vemos lo presente cómo en un punto que es ido e acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo non venido por pasado. Non se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, pues que todo ha de pasar por tal manera.

III 

 Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos.

 INVOCACIÓN 

IV 

 Dexo las invocaciones de los famosos poetas y oradores; non curo de sus ficciones, que traen yerbas secretas sus sabores. Aquél sólo me encomiendo, Aquél sólo invoco yo de verdad, que en este mundo viviendo, el mundo non conoció su deidad

  V 

 Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nascemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos, descansamos.

  VI 

 Este mundo bueno fue si bien usásemos de él como debemos, porque, segunda nuestra fe, es para ganar aquél que atendemos. Aun aquel fijo de Dios para subirnos al cielo descendió a nacer acá entre nos, y a vivir en este suelo do murió.

  VII

 Si fuese en nuestro poder hacer la cara hermosa corporal, como podemos hacer el alma tan gloriosa angelical, ¡qué diligencia tan viva tendríamos toda hora y tan presta, en componer la cautiva, dejándonos la señora descompuesta!

   VIII 

Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, que, en este mundo traidor, aun primero que muramos las perdemos. Dellas deshace la edad, de los casos desastrados que acaecen, de las, por su calidad, en los más altos estados desfallecen.

  IX

 Decidme: La hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, el color y la blancura, cuando viene la vejez, ¿cuál se para? Las mañas e ligereza e la fuerza corporal de juventud, todo se torna graveza cuando llega el arrabal de senectud.

   X

 Pues la sangre de los godos, y el linaje e la nobleza tan crecida, ¡por cuántas vías e modos se pierde su gran alteza en esta vida! Unos, por poco valer, por cuán bajos e abatidos que los tienen; otros que, por non tener, con oficios non debidos se mantienen.

 XI 

Los estados e riqueza, que nos dejen a deshora ¿quién lo duda?, non les pidamos firmeza. pues que son de una señora; que se muda, que bienes son de Fortuna que revuelven con su rueda presurosa, la cual non puede ser una ni estar estable ni queda en una cosa.

  XII 

 Pero digo acompañen e lleguen fasta la fesa con su dueño: por eso non nos engañen, pues se va la vida aprisa como sueño, e los deleites de acá son, en que nos deleitamos, temporales, e los tormentos de allá, que por ellos esperamos, eternales.

 XIII 

Los placeres e dulzores de esta vida trabajada que tenemos, non son sino corredores, e la muerte, la celada en que caemos. Non mirando a nuestro daño, corremos a rienda suelta sin parar; desque vemos el engaño y queremos dar la vuelta no hay lugar.

  XIV

 Esos reyes poderosos que vemos por escripturas ya pasadas con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; así, que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores e perlados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados.

  XV

 Dejemos a los troyanos, que sus males non los vimos, ni sus glorias; dejemos a los romanos, aunque oímos e leímos sus historias; non curemos de saber lo de aquel siglo pasado qué fue de ello; vengamos a lo de ayer, que también es olvidado como aquello.

 XVI 

¿Qué se hizo el rey don Joan? Los infantes de Aragón ¿qué se hicieron? ¿Qué fue de tanto galán, qué de tanta invención como trajeron? ¿Fueron sino devaneos, qué fueron sino verduras de las eras, las justas e los torneos, paramentos, bordaduras e cimeras?

  XVII 

¿Qué se hicieron las damas, sus tocados e vestidos, sus olores? ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Qué se hizo aquel trovar, las músicas acordadas que tañían? ¿Qué se hizo aquel danzar, aquellas ropas chapadas que traían?

  XVIII 

 Pues el otro, su heredero don Anrique, ¡qué poderes alcanzaba! ¡Cuándo blando, cuándo halaguero el mundo con sus placeres se le daba! Mas verás cuándo enemigo, cuándo contrario, cuándo cruel se le mostró; habiéndole sido amigo, ¡cuándo poco duró con él lo que le dio!

 XIX 

 Las dádivas desmedidas, los edificios reales llenos de oro, las vajillas tan fabridas los enriques e reales del tesoro, los jaeces, los caballos de sus gentes e atavíos tan sobrados ¿dónde iremos a buscadlos?; ¿qué fueron sino rocíos de los prados?

 XX 

Pues su hermano el inocente que en su vida sucesor se llamó ¡qué corte tan excelente tuvo, e cuánto grande señor le siguió! Mas, como fuese mortal, metióle la Muerte luego en su fragua. ¡Oh juicio divino!, cuando más ardía el fuego, echaste agua.

XXI 

Pues aquel grande Condestable, maestre que conocimos tan privado, non cumple que de él se hable, mas sólo como lo vimos degollado. Sus infinitos tesoros, sus villas e sus lugares, su mandar, ¿qué le fueron sino lloros?, ¿qué fueron sino pesares al dejar?

 XXII

E los otros dos hermanos, maestres tan prosperados como reyes, cea los grandes e medianos crujieron tan sojuzgados a sus leyes; aquella prosperidad quién tan alto fue subida y ensalzada, ¿qué fue sino claridad que cuando más encendida fue amatada?

 XXIII 

Tantos duques excelentes, tantos marqueses e condes e varones como vimos tan potentes, di, Muerte, ¿de los escondes, e traspones? E las sus claras hazañas que hicieron en las guerras y en las paces, cuando tú, cruda, te ensañas, con tu fuerza, las atierras e desfases.

XXIV 

Las huestes innumerables, los pendones, estandartes e banderas, los castillos impugnables, los muros e baluartes e barreras, la cava honda, chapada, o cualquier otro reparo, ¿qué aprovecha? Cuando tú vienes airada, todo lo pasas de claro con tu flecha.

XXV 

Aquel de bueno abrigo, amado, por virtuoso, de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tanto famoso e tan valiente; sus hechos grandes e claros non cumple que los alabe, pues los vieron; ni los quiero hacer caros, pues que el mundo todo sabe cuáles fueron.

XXVI 

Amigo de sus amigos, ¡qué señor para criados e parientes! ¡Qué enemigo de enemigos! ¡Qué maestro de esforzados e valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! ¡Qué razón! ¡Qué benigno a los sujetos! ¡A los bravos e dañosos, qué león!

XXVII 

En ventura, Octaviano; Julio César en vencer e batallar; en la virtud, Africano; Aníbal en el saber e trabajar; en la bondad, un Trajano; Tito en liberalidad con alegría; en su brazo, Aureliano; Marco Atilio en la verdad que prometía.

XXVIII

Antoño Pío en clemencia; Marco Aurelio en igualdad del semblante; Adriano en la elocuencia; Teodosio en humanidad e buen talante. Aurelio Alexandre fue en disciplina e rigor de la guerra; un Constantino en la fe, Camilo en el grande amor de su tierra.

XXIX 

Non dejó grandes tesoros, ni alcanzó muchas riquezas ni vajillas; mas fizo guerra a los moros ganando sus fortalezas e sus villas; y en las lides que venció, cuántos moros e caballos se perdieron; y en este oficio ganó las rentas e los vasallos que le dieron.

XXX 

Pues por su honra y estado, en otros tiempos pasados ¿cómo se hubo? Quedando desamparado, con hermanos e criados se sostuvo. Después que fechos famosos fizo en esta misma guerra que hacía, fizo tratos tan honrosos que le dieron aun más tierra que tenía.

XXXI 

Estas sus viejas historias que con su brazo pintó en juventud, con otras nuevas victorias ágora las renovó en senectud. Por su gran habilidad, por méritos e ancianía bien gastada, alcanzó la dignidad de la gran Caballería de la Espada.

 XXXII 

E sus villas e sus tierras, ocupadas de tiranos las halló; mas por cercos e por guerras e por fuerza de sus manos las cobró. Pues nuestro rey natural, si de las obras que obró fue servido, dígalo el de Portugal, y, en Castilla, quien siguió su partido.

XXXIII 

 Después de puesta la vida tantas veces por su ley al tablero; después de tan bien servida la corona de su rey verdadero; después de tanta hazaña a que non puede bastar cuenta cierta, en la su villa de Ocaña vino la Muerte a llamar a su puerta.

XXXIV 

diciendo: "Buen caballero, dejad el mundo engañoso e su halago; vuestro corazón de acero muestre su esfuerzo famoso en este trago; e pues de vida e salud desistes tan poca cuenta por la fama; esfuércese la virtud para sufrir esta afrenta que vos llama.

XXXV 

"Non se vos haga tan amarga la batalla temerosa que esperáis, pues otra vida más larga de la fama gloriosa acá dejáis. Aunque esta vida de honor tampoco no es eternal ni verdadera; mas, con todo, es muy mejor que la otra temporal, perecedera."

XXXVI 

"El vivir que es perdurable non se gana con estados mundanales, ni con vida delectable donde moran los pecados infernales; mas los buenos religiosos ganadlo con oraciones e con lloros; los caballeros famosos, con trabajos e aflicciones contra moros.

XXXVII

"E pues vos, claro varón, tanta sangre derramaste de paganos, esperad el galardón que en este mundo ganaste por las manos; e con esta confianza e con la fe tan entera que tenéis, partid con buena esperanza, que estora vida tercera ganaréis." [Responde el Maestre:

XXXVIII

"Non tengamos tiempo ya en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; e consiento en mi morir con voluntad placentera, clara e pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera, es locura." [Del maestre a Jesús]

XXXIX 

"Tú que, por nuestra maldad, tomaste forma servil e bajo nombre; tú, que a tu divinidad juntaste cosa tan vil como es el hombre; tú, que tan grandes tormentos sufriste sin resistencia en tu persona, non por mis merecimientos, mas por tu sola clemencia me perdona". FIN

 XL 

 Así, con tal entender, todos sentidos humanos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos e hermanos e criados, dio el alma a quien se la dio (el cual la ponga en el cielo en su gloria), que aunque la vida perdió, déjanos harto consuelo su memoria. 

Jorge Manrique, 1477


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